Premisas y valores

La tecnología no nos salvará: el pensamiento tecnoidólatra que nos ha traído a este punto no nos sacará de este atolladero con coches eléctricos, geoingeniería o la energía de fusión. Nuestra atención se atrofia por las pantallas, nuestra nevera no necesita conectarse a internet y se liga mejor sin Tinder.

Dependemos de un planeta sano: Somos parte de un gran sistema ecológico –Gaia– que necesitamos para comer, para respirar, para vivir. Ahora, el planeta respira cuando la economía mundial entra en crisis. Esta contradicción no podrá mantenerse mucho más.

Nada crece eternamente: El descenso de la disponibilidad de la energía y de los materiales, imprescindibles para alimentar la máquina del mal llamado progreso, es inevitable. Palpamos ya los límites planetarios contra los que nos empua el crecimiento económico. Como una sofisticada bicicleta sin pedaleo, la sofisticadísima complejidad industrial en la que vivimos se tambalea.

El consumismo no nos hace felices: no solo no nos hace infelices, sino que la gente feliz no necesita consumir. Además, sobreconsumo material y energético de los países opulentos es responsable directo de la degradación ecológica cada vez más acelerada.

Para atravesar las turbulencias que se nos vienen, necesitamos redes de solidaridad más que búnkeres, reconocernos como una especie vulnerable más que confiarle nuestro futuro a Elon Musk, recordar cómo reparar y remendar más que más que robotizar todo.

No sé qué conseguiremos. No sé lo que nos espera. Pero sí sé antes de morir prefiero saber que he hecho lo que me correspondía. Estamos juntos en esto. Y solo juntos podremos encontrar la salida.

Nunca es tarde para luchar por un mundo mejor porque al hacerlo, ya lo hacemos mejor.

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